Difusión de la literatura


De la Grecia antigua quedan textos escritos sobre soportes no perecederos: piedra, bronce, cerámica. El texto servía para identificar el objeto sobre el que se escribía, indicando su origen y su destino. Son textos breves, y su contenido responde a una fórmula “standard”, distinta según la utilidad del objeto sobre el que se inscribían: el nombre del pintor, si es una vasija cerámica, la identificación del difunto en un monumento funerario, el nombre de los oferentes y de la divinidad en un monumento u objeto votivo, etc. Más extensos y variados son los textos administrativos (leyes, decretos, etc.). Esta clase de textos aporta una información valiosa, pero no puede competir con la contenida en las obras literarias (poesía, filosofía, oratoria, historía), por su extensión y por su intención.

Hasta el siglo V a.C. las obras literarias griegas se daban a conocer al público oralmente: la poesía a través de recitales en festividades públicas o banquetes privados, la prosa en lecturas públicas para grupos de amigos. Por ello se han perdido muchas obras.

Comenzaron a escribirse sólo como “chuletas” para ayudar a la memoria del autor o del intérprete. Algunas ciudades establecieron por escrito un texto de los poemas de Homero (Ilíada y Odisea), que tenía carácter oficial: era el texto usado para las recitaciones en las festividades locales. Así lo hizo, por ejemplo, el tirano de Atenas, Pisístrato, a principios del siglo V a.C. Isócrates (un orador del siglo IV a.C.) fue el primer griego que compuso para ser leído. Y aún así, fue costumbre hasta el fin de la Antigüedad leer en voz alta.

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Las obras escritas no circulaban como hoy. No existía imprenta. Del texto autógrafo del autor un copista experto haría una copia maestra (apógrafo), que sería el modelo de las copias manuscritas posteriores. Tampoco había librerías; el comercio de libros nace en la segunda mitad del siglo V a.C. en Atenas y quizá también en Rodas y Sicilia. Al principio era un “comercio de amistad”: el autor hacía copias para amigos, o bien, personas interesadas por un escrito se las ingeniaban para conseguir un modelo del que encargar una copia para sí. De esta manera, Eurípides se hizo con una biblioteca privada. Y los actores encargados de representar una obra dramática necesitaban una copia escrita de la misma. Así que eran ediciones privadas. Pero pronto se amplió el círculo de compradores, y, además, se añadieron las necesidades escolares. A fines del siglo V a.C. ya exportaba Atenas libros a las ciudades del Mar Negro. Pero todavía el cómico Aristófanes (de ese mismo período) tílda al interés por los libros de excentricidad.

Pero en el siglo IV a.C, se desarrolló el comercio de libros con rapidez. No está claro que las obras tuvieran título. En cualquier caso, se solía citar una obra por las palabras iniciales. Lo que no suele faltar es la σφραγίς (“sello”), es decir, el nombre del autor, escrito al comienzo, generalmente en genitivo.

No existía nada parecido a los derechos de autor, por lo que, creada la obra, quedaba expuesta a cualquier manipulación. Por ello, el año 330 a.C. un magistrado ateniense, Licurgo,  estableció un texto oficial de las obras de los tres trágicos atenienses, como texto canónico para las representaciones dramáticas en Atenas.

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